«Eu prefiro ser essa metamorfose ambulante, do que ter aquela velha opinião formada sobre tudo». (Raúl Seixas)
domingo, 27 de octubre de 2013
sábado, 7 de septiembre de 2013
lunes, 5 de agosto de 2013
martes, 9 de julio de 2013
¡Declaremos independencias!
Hace 197 años el Congreso de Tucumán declaraba la independencia de las
Provincias Unidas en Sud América respecto a los reyes de España. La
independencia, especialmente cuando se refiere a un Estado, se refiere a la
libertad. En ese momento, lo que se declaraba era la libertad política de
Argentina respecto a la corona española. Transcurridos todos estos años, ¿realmente
hemos alcanzado alguna independencia?
Actualmente tenemos un gobierno nacional que se manifiesta
independiente y creo, alegremente, que en gran medida gozamos de libertad
política. Sin embargo, aún tenemos una clara dependencia económica. Los
acuerdos de este gobierno “nacional y popular” con grandes corporaciones
internacionales, el continuo pago de una deuda internacional ilegítima (al
menos mayoritariamente) y el rol desempeñado como proveedor de los mercados
internacionales son algunas evidencias que materializan la dependencia
económica que aún tenemos. Esto, también se traduce en las dificultades que
observamos en esta Argentina que no logra superar sus problemáticas sociales,
como son la pobreza, el desempleo y la inflación. De todas las independencias
que aún debemos alcanzar, y no solamente declarar, considero la que la más
importante es la cultural: la libertad ideológica.
Desde que Argentina es Argentina, hemos sido libres de seguir haciendo
lo que nos decían. Acabamos con los pueblos originarios, al igual que lo
hicieron conquistadores europeos cuando arribaron a América; tuvimos guerras por
el acceso y la dominación de recursos naturales, como nos enseñaron los
europeos; nos pusimos a cultivar y comerciar lo que necesitaban los europeos; y
así anduvimos. Cuando el contexto hizo que los países europeos tuvieran que
concentrarse en sus propios asuntos, porque la guerra había desbastado sus
pueblos, lo estadounidenses se pusieron manos a la obra y a través de las
dictaduras doblegaron y aniquilaron los espíritus libertadores que gritaban en
América Latina. Paulatinamente, retornaron las democracias, cargadas con las
promesas neoliberalistas que nos sumieron en una pobreza estructural que era
desconocida, niveles de desempleo inimaginables y un endeudamiento tan inmenso
como fraudulento. Y desde esos mismos “países
del primer mundo”, que fueron actores fundamentales, estudian a la Argentina
como un caso sui géneris, un país que en 1920 estaba entre las naciones más
prósperas y que finalizó el siglo XX con una pobreza del 58%.
Actualmente, el contexto internacional nos vuelve a dar la oportunidad
de avanzar fuertemente hacia la real independencia. La crisis que atraviesan
Estados Unidos y los países de Europa Occidental es ideológica. No se trata de
la globalización, están sufriendo en carne propia la crisis del Estado
neoliberal, en donde los mercados gobiernan a los pueblos; la diferencia es que
ahora son sus mercados y sus pueblos. Mientras ellos debaten cómo salvar su
sistema financiero a costa del pueblo pero sin deprimir sus mercados, nosotros,
los países latinoamericanos, podemos retomar el camino que quisimos comenzar
durante los años de guerra fría. Sin embargo, ahora que el contexto nos es
favorable y que reunimos un potencial económico y ambiental con el que ninguna
nación desarrollada cuenta, las trabas que encontramos son internas; están en
nosotros mismos, en “nuestras verdades incuestionables”.
Considero que al actual gobierno nacional hay que achacarle sus
inconsistencias, su discurso demasiado prometedor que no condice con su
accionar. Pero desde los partidos opositores (al menos los de mayor influencia)
y desde los medios de comunicación privados, se critica principalmente la
desobediencia a los organismos internacionales, el pecado de dificultar la
compra de dólares, el proteccionismo, y demás. “¿Quién va a venir a invertir en Argentina? Necesitamos devaluar para
poder ser más competitivos en los mercados internacionales. La inseguridad en
las calles es inaudita, ¿servicio militar obligatorio, aumento de penas o más
policías?”. Son algunas de las voces que se escuchan y se validan. Sin
darnos cuenta - o sí - queremos emular el modelo de desarrollo que hoy está en
crisis, ese capitalismo de libremercado.
El principal tema de discusión tendría que ser la pobreza; cómo
abordarla y acabarla. “A la mayoría de
los argentinos les preocupa la inseguridad”, dicen las encuestas. La
inseguridad en las calles es producto de la desigualdad económica que nunca
antes tuvimos tan marcada. La capital argentina muestra casi tantos autos
lujosos como gente durmiendo en las calles. Nos indigna la violencia con la que
nos arrebatan en las calles pero no nos indigna el abandono de los millones que
viven en barrios marginados, donde el hambre, las drogas y la violencia son el
pan de cada día. “Al empresario argentino
le preocupa el dólar; así no hay proyección internacional”, apenas un
tercio del PBI mundial se comercia internacionalmente y las inversiones extranjeras
directas con suerte representan el 5% de la inversión mundial. El comercio
internacional es importante, pero no es tan clave para el desarrollo como el
mercado local. Argentina no va triunfar exportando a costa de sus recursos
naturales, ni tampoco se va salvar por la inversión de las multinacionales; por
más puestos de trabajo que prometan, siempre estarán sujetas a una rentabilidad
que justifique el riesgo de la inversión y a la repatriación de dichas
ganancias.
Sabemos que esos resabios del neoliberalismo están muy presentes, y
también sabemos que es inviable aspirar a que todos los habitantes del mundo
tengan el nivel de vida que tiene hoy los habitantes del primer mundo. Latinoamérica
tiene la oportunidad de ser potencia ambiental y económica, pero siguiendo otro
modelo de desarrollo; uno más propio. Sabemos que tenemos que volver a nuestras
raíces, todavía quedan algunos pueblos originarios de aquellos que veneran a la
naturaleza y saben convivir con ella. Todavía tenemos agua en abundancia,
bosques nativos y tierras fértiles. Dejemos de escuchar como verdadero todo lo
que viene de afuera, cuestionémoslos, cuestionémonos.
Queremos un mundo mejor pero el primer acto para manifestar nuestra
independencia económica, como individuos, es comprar un auto; mientras más
nuevo y caro, mejor. Queremos una ciudad mejor, pero si nos da el cuero nos
mudamos a un barrio cerrado o con vigilancia; nuestras ciudades se parecen cada
vez más al feudalismo que leímos en los libros, donde pagamos tributo para estar
dentro del terreno cercado. Elegimos qué estudiar pensando en la salida laboral
y no en lo que nos gustaría hacer. Admiramos a quienes dedican sus vidas a
causas nobles, pero vivimos para consumir lo que producen los “empresarios
exitosos”. Consumimos televisión y cine desaforadamente pero no tenemos tiempo
para averiguar dónde y cómo se producen los alimentos que comemos.
Nos quejamos del abandono del Estado, pero nosotros también lo
abandonamos. Porque Argentina somos todos, en todo lo que hacemos. Nos preocupa
más la corrupción de los políticos que nuestros actos corruptos y cotidianos.
Estamos cansados de creer en un país mejor, pero no hicimos nada. Dejemos de
leer novelas y mirar películas sobre historias apasionantes y empecemos a tener
vidas apasionantes. No vamos a tener un país independiente hasta que no
tengamos un pensamiento independiente. Argentina no va a ser un país libre y
justo hasta que no tenga un pueblo conviviendo en libertad e igualdad. Declaremos nuestras
independencias día a día, unamos esas libertades y exijamos que las
representen. O representémoslas nosotros mismos; como argentinos, como
Argentina.
sábado, 1 de junio de 2013
Publicidades: Caso Práctico 1
¿Cuál de las dos publicidades se refiere a una empresa que se dedica a pintar objetos?
Si no te animás a arriesgar entre la pieza A o la B te damos una ayudita: wwww.tallergadorcha.com.ar
Respuesta: http://www.solpleno.com/
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martes, 27 de noviembre de 2012
El Aficionado
"Posponer alarma", y cierra sus ojos otra vez. La inmediata caída
de sus párpados finaliza, precisamente, al sonar el clic de la tecla presionada, como si el sonido proviniese del
cerrar de sus ojos y no de su celular, como si fuese un robot que acaba de ser
desconectado, desprovisto de su fuente de energía. Aunque este acto reflejo
acaba de ser realizado durante la inercia de su sueño, ahora, está pensando.
Piensa en seguir durmiendo. Se siente tan cansado que incluso cruza por su mente
la idea de quedarse en la cama, de no ir a trabajar. Sería fantástico despertar
respirando ese particular olor a mediodía, mistura del perfume de los líquidos
de limpieza aplicados en el palier, que se filtran por las rendijas de la
puerta principal, junto a los sabrosos aromas que, con manifiesta actitud
invasora, trepan hasta su balcón desde la contigua casa de comidas para llevar.
Se imagina cómo despertaría, contemplando desde su cama el caluroso resplandor
del sol que entra por la ventana del living, mientras en su habitación aún predomina
una fresca, reconfortante y sosegada oscuridad.
Podría llamar a la oficina y avisar que hoy no va a ir a trabajar, podría
decir que se siete muy enfermo. Nadie se molestaría en corroborar que ese
malestar sea cierto. Seguramente, su jefe le diría que no hay problema, que él
se encarga de notificar esto a Recursos Humanos, y listo, que haga reposo y que
intente ver a un médico. Su jefe, que finalizaría la hipotética conversación
telefónica deseándole una pronta mejoría, sabe que es un empleado muy
responsable. Ha demostrado el compromiso con su trabajo en tantas oportunidades
que casi sería una pena flagelar de tal modo esa imagen generada en su entorno
laboral. Si esta concepción se refiriese exclusivamente a lo que opinan sus
compañeros de oficina, no le afectaría tanto la situación, pero sucede que él
también se considera un profesional responsable. Profesional deriva de
profesar, y él, claramente, no profesa su trabajo. Una cosa es disfrutar
medianamente lo que uno hace y otra cosa muy distinta es "profesarlo".
Profesar, palabra eclesiástica si las hay. ¿Habrá sido fruto de un paulatino
sinceramiento lingüístico que una palabra tan vinculada a la iglesia sea
utilizada actualmente para referirse al trabajo que una persona hace a cambio
de una retribución económica? No, no va a seguir durmiendo - y esa última
reflexión es innecesariamente rebuscada. Voltea su cabeza sobre la almohada,
reforzando la unión entre sus párpados, pero una especie de angustia, que casi
puede saborear en su boca, lo incomoda hasta el hartazgo. ¿Si un profesional es
lo opuesto a un aficionado, no será que lo interesante pasa por ser un
aficionado, a cada actividad que despierte nuestro interés, a las pequeñas
cosas, a la vida misma?
Súbitamente, abre los ojos y se destapa casi por completo. Todavía está
lavándose la cara cuando la alarma de su celular comienza a sonar por tercera
vez en el día. El agua está a punto de romper hervor al terminar de abrochar su
camisa, mientras, con su mano libre, toma el control remoto y enciende el
televisor. Después del primer sorbo de café, el tono exclamativo del conductor
del noticiero matutino llama su atención; su mirada, que hasta ese momento
permanecía perdida en la vaporosa taza, se dirige hacia la pantalla. Una situación
dramática ocurrió anoche en uno de los barrios más tradicionales de la ciudad.
Una familia ha sido víctima de una banda de delincuentes. Solo la madre y el
hijo del medio siguen con vida. Al parecer, mientras la mujer iba a buscar a su
hijo, que había salido para ir al cine con sus compañeros del club, una banda
de tres maleantes entraba a su casa para golpear y amordazar a su marido y a sus
otros dos hijos: Tomás y Camila, de 9 y 16 años respectivamente.
Según cuenta
el relato, los asesinos buscaban dinero en efectivo, que no encontraron en
cantidades significativas, y objetos personales de algún valor económico,
electrodomésticos y demás. Las imágenes muestran la fachada de la vivienda
durante horas de esta madrugada ,junto a algunas tomas panorámicas de la calle
sobre la que se encuentra la casa de esta familia que ha sido alcanzada por tal
desgracia. Una de las tantas malas jugadas del destino. Destino que,
aprovechando el recorrido por el barrio, también ha intervenido para que Manuel
Justos aparezca ahora en primer plano. Justos es la única persona que el
reportero ha logrado conseguir como testigo durante esta mañana, cuando el
cielo todavía guardaba algunos tonos rosáceos del amanecer. Seguramente, podrían
haber conseguido una entrevista más interesante si hubieran aguardado un rato
más en las inmediaciones de aquella morada de clase media-alta, ya que Justos
no vio ni escuchó nada durante los minutos en los que esta familia era parcialmente
desmembrada. Pero estas notas tienen que estar servidas en la mesa bien
temprano, como si fuesen las tostadas que acompañan el desayuno. La razón antes
expuesta hace que el entrevistado sea menos atractivo para las cámaras, pero al
menos Justos conoce a las víctimas lo suficiente como para decir a que se
dedican - o mejor dicho, dedicaban - el reciente difunto y su correspondiente
viuda, todavía ama de casa.
Nuevamente, siente una extraña incomodidad, una especie de asco
empalagoso que, sin poder distinguir si es producto de lo que muestra la
pantalla o de haber elegido encenderla, recorre su cuerpo. De repente, la inquietante
sensación toma definición en un impulso - algo infantilmente iracundo - que embriaga
su brazo derecho, que toma el control remoto y, hundiendo el botón de encendido
con toda la fuerza de su pulgar, apaga el televisor. Inmediatamente lo suelta,
como si el dispositivo estuviese en llamas, resultando insoportable retenerlo
un segundo más en la palma de su mano. Ya en silencio, su cara refleja su
descontento, como si dijese: "Si
este es el precio que tengo que pagar para saber cuál será el clima de hoy,
prefiero volver a casa con un resfrío".
Afuera, el sol ya tomó altura, sabiendo que hoy no habrá nubes ni vientos
que le quiten protagonismo. Brindándose de manera gratuita y pública, como un
derecho innegable a todo ser vivo. Dispuesto a ofrecer el mejor fulgor a
quienes asistan a su espectáculo. Suponiendo que habrá quienes sepan apreciar
su majestuoso e incondicional esfuerzo. Confiando que la gente hablará del hermoso
clima primaveral que hoy se ofrece a todos, a cada uno. Ignorando a una
multitud de profesionales que, ansiosos por dar apertura a la temporada alta de
los aires acondicionados, no aguantaban un minuto más para estrenar los aparatos
que creyeron comprar con descuento cuando todavía era invierno, y que seguirán
pagando cuando llegue el próximo.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
El Arte de la Luna
«Traté de
apartar a Effing de mi mente, luego retrocedí como medio metro y empecé a mirar
el cuadro con mis propios ojos. Una luna llena perfectamente redonda ocupaba el
centro del lienzo -el centro matemático exacto, me pareció- y este pálido disco
blanco iluminaba todo lo que había por encima y por debajo de él: el cielo, un
lago, un árbol grande con ramas como arañas y las montañas bajas del horizonte.
En primer término había dos pequeñas zonas de tierra, separadas por un riachuelo
que corría entre las dos. En la margen izquierda se veía una tienda india y una
hoguera; parecía haber varias figuras sentadas alrededor del fuego, pero era
difícil distinguirlas, eran sólo mínimas sugerencias de formas humanas, unas
cinco o seis, enrojecidas por el reflejo de las ascuas de la hoguera; a la
derecha del árbol grande, separada de las otras, se veía una solitaria figura a
caballo que miraba por encima de la corriente, completamente inmóvil, como
perdida en sus pensamientos. El árbol que tenía detrás era unas quince o veinte
veces más alto que él y el contraste le hacía parecer enano, insignificante. Él
y su caballo no eran más que siluetas, perfiles negros sin profundidad ni
individualidad. En la otra margen las cosas eran aún más tenebrosas, casi
totalmente sumidas en las sombras. Había unos cuantos árboles pequeños con las
mismas ramas como arañas del árbol grande y luego, en la parte inferior, una
diminuta mancha de claridad que me pareció podría ser otra figura (tumbada de
espaldas, tal vez dormida, tal vez muerta, tal vez contemplando la noche) o tal
vez los restos de otra hoguera, no pude llegar a una conclusión. Me entregué de
tal modo al estudio de estos oscuros detalles de la parte inferior del cuadro
que cuando finalmente levanté la vista para examinar otra vez el cielo, me
sorprendió ver lo luminoso que era todo en la mitad superior. Incluso teniendo
en cuenta la luna llena, el cielo parecía demasiado visible. La pintura
brillaba a través de las agrietadas capas de barniz que cubrían la superficie
con una intensidad antinatural, y cuanto más me adentraba hacia el horizonte,
más luminoso se volvía ese resplandor, como si allí fuera y las montañas
estuvieran iluminadas por el sol. Una vez que noté esto, empecé a ver cosas
raras en el cuadro. El cielo, por ejemplo, tenía una tonalidad fundamentalmente
verdosa. Salpicado por los bordes amarillos de la nubes, se arremolinaba en
torno al árbol grande en un denso torbellino de pinceladas, adquiriendo forma
de espiral, un vórtice de materia celestial, en el espacio profundo. ¿Como
podía ser verde el cielo?, me pregunté. Era del mismo color del lago, y eso no
era posible. Excepto en la negrura de la más negra de las noches, el cielo y la
tierra son siempre diferentes. Blakelock era claramente un pintor demasiado
diestro para no saber esto. Pero si no había intentado representar un paisaje
real, ¿qué era lo que se había propuesto? Hice todo lo que pude por
imaginármelo, pero el verde del cielo me lo impedía. Un cielo del mismo color
que la tierra, una noche que parecía el día y todas las formas humanas
empequeñecidas por la grandeza del paisaje, sombras ilegibles, simples
ideogramas de vida. No quería hacer juicios simbólicos atrevidos, pero,
basándome en la evidencia del cuadro, no parecía tener alternativa. A pesar de
su pequeñez en relación con el entorno, los indios no revelaban ningún temor ni
ansiedad. Estaban cómodamente sentados, en paz consigo mismos y con el mundo, y
cuanto más pensaba en ello, más me parecía que esa serenidad dominaba el cuadro.
Me pregunté si Blakelock no habría pintado el cielo verde para poner de relieve
esa armonía, para mostrar la conexión entre el cielo y la tierra. Si los
hombres pueden vivir cómodamente en su entorno, parecía decir, si pueden
aprender a sentirse parte de las cosas que les rodean, entonces quizá la vida
en la tierra estará imbuida de un sentimiento de santidad. Naturalmente, era
sólo una suposición, pero se me ocurrió que Blakelock había pintado un idilio
norteamericano, el mundo que los indios habían habitado hasta que apareció el
hombre blanco para destruirlo. La placa que había en la pared decía que el
cuadro había sido pintado en 1885. Si la memoria no me fallaba, eso era justo a
la mitad del periodo del Último Baluarte de Custer y la masacre de Wounded
Knee; en otras palabras, al final, cuando ya era demasiado tarde para conservar
la esperanza de que ninguna de estas cosas sobrevivieran. Tal vez, pensé, este
cuadro quería representar todo lo que habíamos perdido. No era un paisaje, era
un monumento, una canción fúnebre para un mundo desaparecido».
(Fragmento de "Moon Palace", Paul
Auster, 1989).
"Moonlinght", Ralph Albert Blakelock, 1885.
¿Dónde está el arte?
¿En la pintura o en el texto?
¿O está en la luna?
¿En la pintura o en el texto?
¿O está en la luna?
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