lunes, 5 de agosto de 2013

La Gacetilla Energúmena - Nro. 6

Llega al blog una revista nada dispendiosa, poco dispendida y muy dispensable.





martes, 9 de julio de 2013

¡Declaremos independencias!



Hace 197 años el Congreso de Tucumán declaraba la independencia de las Provincias Unidas en Sud América respecto a los reyes de España. La independencia, especialmente cuando se refiere a un Estado, se refiere a la libertad. En ese momento, lo que se declaraba era la libertad política de Argentina respecto a la corona española. Transcurridos todos estos años, ¿realmente hemos alcanzado alguna independencia?

Actualmente tenemos un gobierno nacional que se manifiesta independiente y creo, alegremente, que en gran medida gozamos de libertad política. Sin embargo, aún tenemos una clara dependencia económica. Los acuerdos de este gobierno “nacional y popular” con grandes corporaciones internacionales, el continuo pago de una deuda internacional ilegítima (al menos mayoritariamente) y el rol desempeñado como proveedor de los mercados internacionales son algunas evidencias que materializan la dependencia económica que aún tenemos. Esto, también se traduce en las dificultades que observamos en esta Argentina que no logra superar sus problemáticas sociales, como son la pobreza, el desempleo y la inflación. De todas las independencias que aún debemos alcanzar, y no solamente declarar, considero la que la más importante es la cultural: la libertad ideológica.

Desde que Argentina es Argentina, hemos sido libres de seguir haciendo lo que nos decían. Acabamos con los pueblos originarios, al igual que lo hicieron conquistadores europeos cuando arribaron a América; tuvimos guerras por el acceso y la dominación de recursos naturales, como nos enseñaron los europeos; nos pusimos a cultivar y comerciar lo que necesitaban los europeos; y así anduvimos. Cuando el contexto hizo que los países europeos tuvieran que concentrarse en sus propios asuntos, porque la guerra había desbastado sus pueblos, lo estadounidenses se pusieron manos a la obra y a través de las dictaduras doblegaron y aniquilaron los espíritus libertadores que gritaban en América Latina. Paulatinamente, retornaron las democracias, cargadas con las promesas neoliberalistas que nos sumieron en una pobreza estructural que era desconocida, niveles de desempleo inimaginables y un endeudamiento tan inmenso como fraudulento.  Y desde esos mismos “países del primer mundo”, que fueron actores fundamentales, estudian a la Argentina como un caso sui géneris, un país que en 1920 estaba entre las naciones más prósperas y que finalizó el siglo XX con una pobreza del 58%.

Actualmente, el contexto internacional nos vuelve a dar la oportunidad de avanzar fuertemente hacia la real independencia. La crisis que atraviesan Estados Unidos y los países de Europa Occidental es ideológica. No se trata de la globalización, están sufriendo en carne propia la crisis del Estado neoliberal, en donde los mercados gobiernan a los pueblos; la diferencia es que ahora son sus mercados y sus pueblos. Mientras ellos debaten cómo salvar su sistema financiero a costa del pueblo pero sin deprimir sus mercados, nosotros, los países latinoamericanos, podemos retomar el camino que quisimos comenzar durante los años de guerra fría. Sin embargo, ahora que el contexto nos es favorable y que reunimos un potencial económico y ambiental con el que ninguna nación desarrollada cuenta, las trabas que encontramos son internas; están en nosotros mismos, en “nuestras verdades incuestionables”.

Considero que al actual gobierno nacional hay que achacarle sus inconsistencias, su discurso demasiado prometedor que no condice con su accionar. Pero desde los partidos opositores (al menos los de mayor influencia) y desde los medios de comunicación privados, se critica principalmente la desobediencia a los organismos internacionales, el pecado de dificultar la compra de dólares, el proteccionismo, y demás. “¿Quién va a venir a invertir en Argentina? Necesitamos devaluar para poder ser más competitivos en los mercados internacionales. La inseguridad en las calles es inaudita, ¿servicio militar obligatorio, aumento de penas o más policías?”. Son algunas de las voces que se escuchan y se validan. Sin darnos cuenta - o sí - queremos emular el modelo de desarrollo que hoy está en crisis, ese capitalismo de libremercado.

El principal tema de discusión tendría que ser la pobreza; cómo abordarla y acabarla. “A la mayoría de los argentinos les preocupa la inseguridad”, dicen las encuestas. La inseguridad en las calles es producto de la desigualdad económica que nunca antes tuvimos tan marcada. La capital argentina muestra casi tantos autos lujosos como gente durmiendo en las calles. Nos indigna la violencia con la que nos arrebatan en las calles pero no nos indigna el abandono de los millones que viven en barrios marginados, donde el hambre, las drogas y la violencia son el pan de cada día. “Al empresario argentino le preocupa el dólar; así no hay proyección internacional”, apenas un tercio del PBI mundial se comercia internacionalmente y las inversiones extranjeras directas con suerte representan el 5% de la inversión mundial. El comercio internacional es importante, pero no es tan clave para el desarrollo como el mercado local. Argentina no va triunfar exportando a costa de sus recursos naturales, ni tampoco se va salvar por la inversión de las multinacionales; por más puestos de trabajo que prometan, siempre estarán sujetas a una rentabilidad que justifique el riesgo de la inversión y a la repatriación de dichas ganancias.

Sabemos que esos resabios del neoliberalismo están muy presentes, y también sabemos que es inviable aspirar a que todos los habitantes del mundo tengan el nivel de vida que tiene hoy los habitantes del primer mundo. Latinoamérica tiene la oportunidad de ser potencia ambiental y económica, pero siguiendo otro modelo de desarrollo; uno más propio. Sabemos que tenemos que volver a nuestras raíces, todavía quedan algunos pueblos originarios de aquellos que veneran a la naturaleza y saben convivir con ella. Todavía tenemos agua en abundancia, bosques nativos y tierras fértiles. Dejemos de escuchar como verdadero todo lo que viene de afuera, cuestionémoslos, cuestionémonos.

Queremos un mundo mejor pero el primer acto para manifestar nuestra independencia económica, como individuos, es comprar un auto; mientras más nuevo y caro, mejor. Queremos una ciudad mejor, pero si nos da el cuero nos mudamos a un barrio cerrado o con vigilancia; nuestras ciudades se parecen cada vez más al feudalismo que leímos en los libros, donde pagamos tributo para estar dentro del terreno cercado. Elegimos qué estudiar pensando en la salida laboral y no en lo que nos gustaría hacer. Admiramos a quienes dedican sus vidas a causas nobles, pero vivimos para consumir lo que producen los “empresarios exitosos”. Consumimos televisión y cine desaforadamente pero no tenemos tiempo para averiguar dónde y cómo se producen los alimentos que comemos.

Nos quejamos del abandono del Estado, pero nosotros también lo abandonamos. Porque Argentina somos todos, en todo lo que hacemos. Nos preocupa más la corrupción de los políticos que nuestros actos corruptos y cotidianos. Estamos cansados de creer en un país mejor, pero no hicimos nada. Dejemos de leer novelas y mirar películas sobre historias apasionantes y empecemos a tener vidas apasionantes. No vamos a tener un país independiente hasta que no tengamos un pensamiento independiente. Argentina no va a ser un país libre y justo hasta que no tenga un pueblo conviviendo en libertad e igualdad. Declaremos nuestras independencias día a día, unamos esas libertades y exijamos que las representen. O representémoslas nosotros mismos; como argentinos, como Argentina.

sábado, 1 de junio de 2013

Publicidades: Caso Práctico 1

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martes, 27 de noviembre de 2012

El Aficionado


"Posponer alarma", y cierra sus ojos otra vez. La inmediata caída de sus párpados finaliza, precisamente, al sonar el clic de la tecla presionada, como si el sonido proviniese del cerrar de sus ojos y no de su celular, como si fuese un robot que acaba de ser desconectado, desprovisto de su fuente de energía. Aunque este acto reflejo acaba de ser realizado durante la inercia de su sueño, ahora, está pensando. Piensa en seguir durmiendo. Se siente tan cansado que incluso cruza por su mente la idea de quedarse en la cama, de no ir a trabajar. Sería fantástico despertar respirando ese particular olor a mediodía, mistura del perfume de los líquidos de limpieza aplicados en el palier, que se filtran por las rendijas de la puerta principal, junto a los sabrosos aromas que, con manifiesta actitud invasora, trepan hasta su balcón desde la contigua casa de comidas para llevar. Se imagina cómo despertaría, contemplando desde su cama el caluroso resplandor del sol que entra por la ventana del living, mientras en su habitación aún predomina una fresca, reconfortante y sosegada oscuridad.
Podría llamar a la oficina y avisar que hoy no va a ir a trabajar, podría decir que se siete muy enfermo. Nadie se molestaría en corroborar que ese malestar sea cierto. Seguramente, su jefe le diría que no hay problema, que él se encarga de notificar esto a Recursos Humanos, y listo, que haga reposo y que intente ver a un médico. Su jefe, que finalizaría la hipotética conversación telefónica deseándole una pronta mejoría, sabe que es un empleado muy responsable. Ha demostrado el compromiso con su trabajo en tantas oportunidades que casi sería una pena flagelar de tal modo esa imagen generada en su entorno laboral. Si esta concepción se refiriese exclusivamente a lo que opinan sus compañeros de oficina, no le afectaría tanto la situación, pero sucede que él también se considera un profesional responsable. Profesional deriva de profesar, y él, claramente, no profesa su trabajo. Una cosa es disfrutar medianamente lo que uno hace y otra cosa muy distinta es "profesarlo". Profesar, palabra eclesiástica si las hay. ¿Habrá sido fruto de un paulatino sinceramiento lingüístico que una palabra tan vinculada a la iglesia sea utilizada actualmente para referirse al trabajo que una persona hace a cambio de una retribución económica? No, no va a seguir durmiendo - y esa última reflexión es innecesariamente rebuscada. Voltea su cabeza sobre la almohada, reforzando la unión entre sus párpados, pero una especie de angustia, que casi puede saborear en su boca, lo incomoda hasta el hartazgo. ¿Si un profesional es lo opuesto a un aficionado, no será que lo interesante pasa por ser un aficionado, a cada actividad que despierte nuestro interés, a las pequeñas cosas, a la vida misma?
Súbitamente, abre los ojos y se destapa casi por completo. Todavía está lavándose la cara cuando la alarma de su celular comienza a sonar por tercera vez en el día. El agua está a punto de romper hervor al terminar de abrochar su camisa, mientras, con su mano libre, toma el control remoto y enciende el televisor. Después del primer sorbo de café, el tono exclamativo del conductor del noticiero matutino llama su atención; su mirada, que hasta ese momento permanecía perdida en la vaporosa taza, se dirige hacia la pantalla. Una situación dramática ocurrió anoche en uno de los barrios más tradicionales de la ciudad. Una familia ha sido víctima de una banda de delincuentes. Solo la madre y el hijo del medio siguen con vida. Al parecer, mientras la mujer iba a buscar a su hijo, que había salido para ir al cine con sus compañeros del club, una banda de tres maleantes entraba a su casa para golpear y amordazar a su marido y a sus otros dos hijos: Tomás y Camila, de 9 y 16 años respectivamente. 
Según cuenta el relato, los asesinos buscaban dinero en efectivo, que no encontraron en cantidades significativas, y objetos personales de algún valor económico, electrodomésticos y demás. Las imágenes muestran la fachada de la vivienda durante horas de esta madrugada ,junto a algunas tomas panorámicas de la calle sobre la que se encuentra la casa de esta familia que ha sido alcanzada por tal desgracia. Una de las tantas malas jugadas del destino. Destino que, aprovechando el recorrido por el barrio, también ha intervenido para que Manuel Justos aparezca ahora en primer plano. Justos es la única persona que el reportero ha logrado conseguir como testigo durante esta mañana, cuando el cielo todavía guardaba algunos tonos rosáceos del amanecer. Seguramente, podrían haber conseguido una entrevista más interesante si hubieran aguardado un rato más en las inmediaciones de aquella morada de clase media-alta, ya que Justos no vio ni escuchó nada durante los minutos en los que esta familia era parcialmente desmembrada. Pero estas notas tienen que estar servidas en la mesa bien temprano, como si fuesen las tostadas que acompañan el desayuno. La razón antes expuesta hace que el entrevistado sea menos atractivo para las cámaras, pero al menos Justos conoce a las víctimas lo suficiente como para decir a que se dedican - o mejor dicho, dedicaban - el reciente difunto y su correspondiente viuda, todavía ama de casa.
Nuevamente, siente una extraña incomodidad, una especie de asco empalagoso que, sin poder distinguir si es producto de lo que muestra la pantalla o de haber elegido encenderla, recorre su cuerpo. De repente, la inquietante sensación toma definición en un impulso - algo infantilmente iracundo - que embriaga su brazo derecho, que toma el control remoto y, hundiendo el botón de encendido con toda la fuerza de su pulgar, apaga el televisor. Inmediatamente lo suelta, como si el dispositivo estuviese en llamas, resultando insoportable retenerlo un segundo más en la palma de su mano. Ya en silencio, su cara refleja su descontento, como si dijese: "Si este es el precio que tengo que pagar para saber cuál será el clima de hoy, prefiero volver a casa con un resfrío".
Afuera, el sol ya tomó altura, sabiendo que hoy no habrá nubes ni vientos que le quiten protagonismo. Brindándose de manera gratuita y pública, como un derecho innegable a todo ser vivo. Dispuesto a ofrecer el mejor fulgor a quienes asistan a su espectáculo. Suponiendo que habrá quienes sepan apreciar su majestuoso e incondicional esfuerzo. Confiando que la gente hablará del hermoso clima primaveral que hoy se ofrece a todos, a cada uno. Ignorando a una multitud de profesionales que, ansiosos por dar apertura a la temporada alta de los aires acondicionados, no aguantaban un minuto más para estrenar los aparatos que creyeron comprar con descuento cuando todavía era invierno, y que seguirán pagando cuando llegue el próximo.


miércoles, 5 de septiembre de 2012

El Arte de la Luna


«Traté de apartar a Effing de mi mente, luego retrocedí como medio metro y empecé a mirar el cuadro con mis propios ojos. Una luna llena perfectamente redonda ocupaba el centro del lienzo -el centro matemático exacto, me pareció- y este pálido disco blanco iluminaba todo lo que había por encima y por debajo de él: el cielo, un lago, un árbol grande con ramas como arañas y las montañas bajas del horizonte. En primer término había dos pequeñas zonas de tierra, separadas por un riachuelo que corría entre las dos. En la margen izquierda se veía una tienda india y una hoguera; parecía haber varias figuras sentadas alrededor del fuego, pero era difícil distinguirlas, eran sólo mínimas sugerencias de formas humanas, unas cinco o seis, enrojecidas por el reflejo de las ascuas de la hoguera; a la derecha del árbol grande, separada de las otras, se veía una solitaria figura a caballo que miraba por encima de la corriente, completamente inmóvil, como perdida en sus pensamientos. El árbol que tenía detrás era unas quince o veinte veces más alto que él y el contraste le hacía parecer enano, insignificante. Él y su caballo no eran más que siluetas, perfiles negros sin profundidad ni individualidad. En la otra margen las cosas eran aún más tenebrosas, casi totalmente sumidas en las sombras. Había unos cuantos árboles pequeños con las mismas ramas como arañas del árbol grande y luego, en la parte inferior, una diminuta mancha de claridad que me pareció podría ser otra figura (tumbada de espaldas, tal vez dormida, tal vez muerta, tal vez contemplando la noche) o tal vez los restos de otra hoguera, no pude llegar a una conclusión. Me entregué de tal modo al estudio de estos oscuros detalles de la parte inferior del cuadro que cuando finalmente levanté la vista para examinar otra vez el cielo, me sorprendió ver lo luminoso que era todo en la mitad superior. Incluso teniendo en cuenta la luna llena, el cielo parecía demasiado visible. La pintura brillaba a través de las agrietadas capas de barniz que cubrían la superficie con una intensidad antinatural, y cuanto más me adentraba hacia el horizonte, más luminoso se volvía ese resplandor, como si allí fuera y las montañas estuvieran iluminadas por el sol. Una vez que noté esto, empecé a ver cosas raras en el cuadro. El cielo, por ejemplo, tenía una tonalidad fundamentalmente verdosa. Salpicado por los bordes amarillos de la nubes, se arremolinaba en torno al árbol grande en un denso torbellino de pinceladas, adquiriendo forma de espiral, un vórtice de materia celestial, en el espacio profundo. ¿Como podía ser verde el cielo?, me pregunté. Era del mismo color del lago, y eso no era posible. Excepto en la negrura de la más negra de las noches, el cielo y la tierra son siempre diferentes. Blakelock era claramente un pintor demasiado diestro para no saber esto. Pero si no había intentado representar un paisaje real, ¿qué era lo que se había propuesto? Hice todo lo que pude por imaginármelo, pero el verde del cielo me lo impedía. Un cielo del mismo color que la tierra, una noche que parecía el día y todas las formas humanas empequeñecidas por la grandeza del paisaje, sombras ilegibles, simples ideogramas de vida. No quería hacer juicios simbólicos atrevidos, pero, basándome en la evidencia del cuadro, no parecía tener alternativa. A pesar de su pequeñez en relación con el entorno, los indios no revelaban ningún temor ni ansiedad. Estaban cómodamente sentados, en paz consigo mismos y con el mundo, y cuanto más pensaba en ello, más me parecía que esa serenidad dominaba el cuadro. Me pregunté si Blakelock no habría pintado el cielo verde para poner de relieve esa armonía, para mostrar la conexión entre el cielo y la tierra. Si los hombres pueden vivir cómodamente en su entorno, parecía decir, si pueden aprender a sentirse parte de las cosas que les rodean, entonces quizá la vida en la tierra estará imbuida de un sentimiento de santidad. Naturalmente, era sólo una suposición, pero se me ocurrió que Blakelock había pintado un idilio norteamericano, el mundo que los indios habían habitado hasta que apareció el hombre blanco para destruirlo. La placa que había en la pared decía que el cuadro había sido pintado en 1885. Si la memoria no me fallaba, eso era justo a la mitad del periodo del Último Baluarte de Custer y la masacre de Wounded Knee; en otras palabras, al final, cuando ya era demasiado tarde para conservar la esperanza de que ninguna de estas cosas sobrevivieran. Tal vez, pensé, este cuadro quería representar todo lo que habíamos perdido. No era un paisaje, era un monumento, una canción fúnebre para un mundo desaparecido».
(Fragmento de "Moon Palace", Paul Auster, 1989).

"Moonlinght", Ralph Albert Blakelock, 1885. 

¿Dónde está el arte? 
¿En la pintura o en el texto? 
¿O está en la luna?